Independiente terminó con las manos vacías, pero de pie

Gremio se quedó con la Recopa Sudamericana. Le ganó en la definición por disparos desde el punto penal al Rojo en una intensa final en la que los de Avellaneda afrontaron desde muy temprano con un hombre menos por la expulsión de Amorebieta. Una pena que el equipo Holan no encontrara recompensa para una propuesta que seduce por la pasión y la convicción con la que busca la victoria.

Cuando Martín Benítez se paró delante de la pelota para ejecutar el quinto penal de la serie, todos -salvo quienes egoísta y absurdamente hacían fuerza para fallara- rogaban que el pibe acertara. Primero, porque se trataba de uno de los jugadores más discutidos por los hinchas rojos y no se merecía cargar con el estigma de ser responsable de la derrota. Pero, especialmente, se deseaba que Independiente no se quedara con las manos vacías. Las huestes de Ariel Holan contagian por su hambre de gloria y no se antojaba justo verlas perdedoras. El remate de Benítez fue contenido por Marcelo Grohe y la desazón se apoderó de la mitad roja de Avellaneda y de aquellos que veían en este equipo una expresión que gratifica porque juega con eso que no es moneda corriente en el fútbol: amor por la camiseta.

Y ése es el mejor homenaje que puede hacerse a este Independiente que cayó en la final de la Recopa Sudamericana con Gremio en Brasil. Más allá de que haya afrontado el partido en Porto Alegre con una actitud más batalladora que abrazado a la voracidad ofensiva que había mostrado en los partidos anteriores, el Rojo emociona por su bravura, por su determinación para luchar contra viento y marea para hacer realidad sus objetivos. Tal vez en estos dos choques luchó más de lo que jugó, pero fundamentalmente jamás fue superado por su rival.

Incluso a pesar de haber disputado 142 de los 210 minutos de los duelos con Gremio en inferioridad numérica, no renunció a correr detrás de la victoria.  Si bien con la presencia de Diego Rodríguez y Nicolás Domingo en el medio anunciaba con claridad que en esta ocasión cambiaba fútbol por contracción a la marca, no se dejó llevar por delante y, cuando pudo, buscó el arco brasileño. No le rindió homenaje al ataque como en el choque de ida, pero tampoco se dejó llevar por delante y expuso su carácter para que no quedaran dudas de su deseo de victoria.

Hoy muchos se lamentarán por ese córner que ejecutó Benítez y encontró el cabezazo de Maximiliano Meza que no alcanzó a ser empujado por Nicolás Figal y por todos los que entraban en busca del gol. También se jactarán por tener a Martín Campaña, ese arquero con apariencia de invencible que le negó una y otra vez a los gaúchos la apertura del marcador. Lo que no podrán reprocharse es la actitud de Independiente, que dejó en claro que no le tiemblan las piernas en los momentos difíciles.

Quizás se pueda argumentar que el VAR, ese sistema que llegó para disminuir el margen de error en las decisiones arbitrales y para dotar de mayor justicia al fútbol, fue un pelotazo en contra porque el paraguayo Enrique Cáceres apeló a él para disponer la expulsión de Fernando Amorebieta. Pero lo cierto es que el venezolano de origen vasco se excedió con la pierna fuerte y merecía la tarjeta roja. Del mismo modo, una semana atrás Emmanuel Gigliotti también había sacado todos los boletos para irse antes de tiempo en Avellaneda… Independiente debió batallar ambas finales con diez por su propia responsabilidad. Y como se las arregló para aguantar -y jugar en el primer partido- sin que se notara que le faltaban futbolistas, sacó patente de equipo con personalidad para hacerles frente a las situaciones difíciles.

Es verdad que en la Arena do Gremio el conjunto de Renato Portaluppi asumió un rol de mayor protagonismo. Aunque tuvo la pelota durante mucho más tiempo que en el Libertadores de América y le dio más trabajo a Campaña, no se llevó por delante a los de Holan ni sacó tantas diferencias como para hacer que el triunfo llegara por el propio peso de su superioridad. Aquí conviene dejar en claro que este Gremio no se parece en nada al que apabulló a Lanús en la final de la Copa Libertadores. Le falta Arthur -está con un pie en el Barcelona- y no le alcanza con un buen atacante como Luan para disimular su falta de contundencia.

Entonces, con un Gremio disminuido y un Independiente que desde que se fue Ezequiel Barco tiene menos fútbol pero conserva su mentalidad ganadora, era un hecho que la finalísima se iba a pelear en cada centímetro cuadrado de la cancha. Y en esa pelea no hubo vencedores ni vencidos, al menos hasta que los brasileños no fallaron desde los doce pasos.

“Tengo mucho orgullo por la convicción y la pasión con la que jugaron los muchachos”, dijo Holan al término del partido, cuando la ilusión de sumar otra copa a la colección de lauros internacionales de Independiente se había desvanecido. Y justamente ése es el gran mérito del Rojo: convicción y pasión, dos atributos que aún en la derrota mantienen a este equipo de pie.

 

Fuente: La Prensa